El documental es bastante instructivo, si bien en internet le llueven las críticas y hasta las parodias ya que se considera que su tono es demasiado fatalista y que no es del todo adecuado a la realidad. De hecho y al menos por el momento, el español es la lengua mayoritaria en Cataluña, si bien cada día que pasa el catalán cobra más fuerza y vitalidad, lo mismo que, aunque en mucho menor medida, el aranés, un dialecto del occitano que solo se habla por menos de 10.000 personas en una zona alejada llamada Valle de Arán, pero que inexplicablemente ha sido declarada como tercera lengua oficial de la Comunidad Autónoma... incluso en lugares dónde jamás se ha hablado.
En éste caso, la lengua catalana es considerada como la forma más clara de mostrarle al mundo la existencia de una supuesta nacionalidad catalana. A falta de manifestaciones artísticas, hechos históricos saltantes o una dinastía de reyes a la cual echar mano para justificar su existencia, el único recurso para sentirse diferentes y llegar tan lejos como a reclamar el derecho a la autodeterminación es la lengua. Caso distinto es el del País Vasco que si tiene claras diferencias con el resto de España y en el que la política linguística no es ni por asomo tan agresiva como la emprendida por la Generalitat Catalana.
Pero en éstos días ha ocurrido un hecho que ha hecho que el nombre de Cataluña se asome por éstas tierras al otro lado del Atlántico: el señor Josep Lluís Carod Rovira, vicepresidente de la Generalitat, llegó hasta Ecuador para donar 1.000.000 de euros para poder implementar el bilinguismo en dicho país. También se soltó a hablar sobre el derecho de Cataluña a ser independiente y sobre que Ecuador merecía tener su propio modelo autonómico.
Me permito opinar al respecto porque una de las lenguas favorecidas sería sin duda la lengua materna de parte de mi familia y de gran parte de mi país: la lengua quechua. Y si bien coincido con los comentarios plagados de desconcierto de algunos españoles que dicen que el señor Carod Rovira debería utilizar ese dinero (dinero de los contribuyentes catalanes) en implementar obras en su país, no se puede negar que, muy aparte de los móviles políticos o de revanchismo anti-español que pudieran haber, es algo que nos favorece tremendamente. Un bilinguismo en el que la lengua que prime fuera la lengua autóctona sería justo y razonable, ya que si bien el catalán estuvo prescrito en su propia tierra natal por algunas décadas, en nuestros países el quechua estuvo prescrito durante más de tres siglos, siendo recién declarado lengua cooficial del Perú en la década de los 70s, cuando ya la mayor parte de sus hablantes había sido forzada a aprender español, además de la campaña de desprestigio social que hacía que éstos se negaran a enseñar el idioma a sus hijos, algo que he visto en mi propia familia. Es recién a partir de las nuevas generaciones cuando se está volviendo a recuperar el orgullo por el quechua y cuando las academias e incluso algunas universidades forman nuevos grupos de neohablantes, orgullosos de su verdadera lengua, ya que como muchos catalanes, yo también considero que aunque el idioma español sea la lengua en la que mejor me expreso y de que pueda emplearla tan bien o incluso bastante mejor que un hispanohablante de Madrid o Zaragoza, no por eso deja de ser la lengua de un grupo de invasores foráneos, cuyos nietos aún siguen enquistados en las esferas de poder de mi país, y que por no tener nuestra misma cultura, son incapaces de tener la sensibilidad social que solo te entrega el saber que aquellos a quienes gobiernas son tus hermanos de sangre.
A diferencia de lo que ocurre en Cataluña, nosotros si tenemos cultura propia. Nuestro nacionalismo no es centrífugo, pues no queremos secesionarnos, ya que ésta es nuestra tierra y fue nuestra desde miles de años antes que llegara el primer español a hollar con sus sucios pies ésta tierra que solo usó para saciar sus apetitos. Es en todo caso centrípeto, ya que nuestra etnia fue dividida por las fronteras artificiales heredadas de las colonias que los españoles crearon aquí para dividirse mejor el territorio y sus riquezas. Y lo que debería haber aquí es un Estado que unifique a nuestras etnias, hoy separadas. En algún momento casi se logra, cuando Santa Cruz fundó la Confederación Perú-Boliviana, pero los chilenos y un grupo de traidores criollos peruanos arremetieron contra ella porque iba en contra de sus intereses económicos, esos que les dejaron sus padres españoles. El nacionalismo que hay en éstas tierras es étnico, pues a diferencia de lo que hay en Cataluña, no somos iguales a ese 15% que desciende de los invasores españoles blancos. ¿Puede diferenciarse a primera vista a un castellano de un catalán, o a un catalán de un gallego? Son lo mismo, por más descabelladas teorías de Marcas Hispánicas y Condados y Reinos ficticios que se inventen. Pero si es muy notoria la diferencia entre un quechua y un castellano. Y es por ésto que un descendiente de españoles se da el "lujo" de ser racista para con los descendientes de los verdaderos habitantes de éstas tierras, pero un castellano no podría serlo con un catalán, ya que sería como insultar a un espejo, su insulto recaería sobre él mismo, pues son de la misma raza y de la misma etnia, incluso sus idiomas están emparentados. La única conexión que tiene el quechua con el español son algunos préstamos linguísticos referidos principalmente a conceptos traídos de Europa y a la tecnología y son fruto de que la lengua quedó en gran parte anquilosada debido a encontrarse prescrita en tiempos coloniales y aún más en el primer siglo de "independencia" en el cual los criollos descendientes de los invasores se comportaron mucho peor que sus padres, que al menos respetaron algunos privilegios de las comunidades nativas.
Así que si la Generalitat Catalana quiere colaborar con la recuperación de nuestras verdaderas lenguas, bienvenida sea su ayuda, pero que no crean que eso significa que nosotros nos tragamos el cuento de la existencia de los autodenominados "Países Catalanes".



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